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La Universidad


Nuestros Valores

Centralidad de la persona. Toda actividad universitaria nace y termina en una persona. Poner a la persona al centro es reconocer su dignidad y singularidad; es tener en todo momento presente que lo que hagamos o dejemos de hacer repercute en personas concretas a quienes nos debemos porque son la razón de ser de nuestro cotidiano trabajo.Es una característica específica y reconocida de la Finis Terrae el trato personal; allí se tiene una gran riqueza que debe ser custodiada y cultivada para que nunca se pierda y para que se extienda a través de cada uno de los miembros de la comunidad a la sociedad entera.

Es una manera muy concreta de influir en la sociedad, que va más allá del profesionalismo. Viendo a la persona no como una realidad cerrada en sí misma, sino abierta a la relación con los demás. Por ello, poner a la persona al centro, lejos de propiciar un individualismo egoísta, nos abre al bien común; ya que no existe desarrollo personal pleno sin la aceptación del otro.

“Es preciso aspirar a una cultura que asegure la centralidad de la persona, sus derechos inalienables y el carácter sagrado de la vida”[1].

Sentido de trascendencia. Es uno de los motores más fuertes que mueven al hombre a realizar grandes obras. Independientemente de si cree o no en un ser superior, el hombre, en su interior, lleva un ansia de trascendencia, de ir más allá de los límites del espacio y del tiempo, y, consecuentemente, de dejar huella. Quienes creen en Dios saben que las acciones no sólo tienen un efecto inmediato, de corto plazo, sino que, como el eco de un sonido, permanecen reverberando en la eternidad. Ambos efectos, el temporal y el eterno, dejan huella para bien o para mal, primero en el propio hombre, luego en las personas que le rodean y en la sociedad como un todo, la actual y la futura; para finalmente, de alguna manera, en Dios mismo. De ahí la importancia de nuestros actos. Toda persona está llamada a trascender porque esos dones que Dios ha puesto en su  vida son las herramientas con las cuales puede construir una vida plena para todos.

Pasión por la verdad. Es la característica clave de la vida intelectual, porque en el interés por (o el amor a) la verdad, y en el consecuente rechazo al error, encuentra su auténtico sentido la libertad académica y se aprende a “razonar con rigor, para obrar con rectitud y para servir mejor a la sociedad”[2]. Sólo desde la verdad se puede entablar un auténtico diálogo con los demás. El buscar la verdad no limita ni encasilla, sino que abre los reales horizontes de la persona humana; le hace verdaderamente libre. Porque la pasión por la verdad no es sólo una tarea universitaria, sino un anhelo natural del ser humano que ilumina la vida del todo hombre. “En este sentido fe y razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo”[3].

Búsqueda del bien común. Entendido bien común como “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección”[4]. De ahí el esfuerzo por formar estudiantes comprometidos, responsables de su rol en la sociedad y despiertos a la participación activa en los asuntos públicos. Para ser auténtico agente de cambio es necesario primero que se verifique una transformación personal, para sólo entonces, y así, incidir en la transformación de la sociedad.

Admiración por la belleza. Platón describe la belleza como el resplandor de la verdad poniendo de relieve una indisoluble relación mutua entre verdad y belleza. Esto implica que, además de ser la belleza una “puerta” que permite entrar en el ámbito de la verdad, ella misma encuentra en la verdad su consistencia. “Una belleza que fuese extraña o separada de la búsqueda humana de la verdad y de la bondad se transformaría, como por desgracia sucede, en mero estetismo, y, sobre todo para los más jóvenes, en un itinerario que desemboca en lo efímero, en la apariencia banal y superficial, o incluso en una fuga hacia paraísos artificiales, que enmascaran y esconden el vacío y la inconsistencia interior”[5]. La belleza se constituye así en camino que orienta al hombre a la verdad, al bien y a la trascendencia. En palabras del filósofo, “la potencia del Bien se he refugiado en la naturaleza de lo Bello”[6].

Apertura al diálogo. Todo miembro de la comunidad Finis Terrae debe caracterizarse por su actitud de apertura a las diversas ideas y a quienes las sostienen, buscando escuchar y comprender auténticamente, aunque sin por ello renunciar a las convicciones que brotan del correcto ejercicio de la razón. La Universidad es una comunidad, y ésta no es comprensible sin diálogo, sin la correcta tolerancia al otro. El genuino debate intelectual es la base de la dinámica de una comunidad universitaria; dinámica que hunde sus raíces en la común inquietud por encontrar la verdad, vivir el bien y disfrutar de la belleza.


[1] Juan Pablo II; Mensaje al Rector Magnífico de la Universidad Católica del Sagrado Corazón, Roma 2000
[2] Juan Pablo II, Ex Corde Ecclesiae, 2
[3] Juan Pablo II, Fides et ratio, 3
[4] Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, 26
[5] Benedicto XVI, Mensaje al Presidente del Pontificio Consejo de la Cultura con ocasión de la XIII Sesión pública de las Academias Pontificias, Roma 2008
[6] Platón, Filebo, 65A

 

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